La Mancha en coche: molinos de viento, las Lagunas de Ruidera y pueblos con encanto
Estábamos en Madrid para pasar un fin de semana largo, primera etapa de un viaje que después nos llevaría a Toledo. Paseando entre los puestos de El Rastro, el célebre mercadillo dominical de la capital, nos encontramos con una vieja copia de segunda mano de Don Quijote. Y fue allí, entre un libro amarillento y otro, donde nació la loca idea de cambiar nuestros planes e ir a ver con nuestros propios ojos La Mancha, esa tierra de la que todos, queramos o no, hemos oído hablar alguna vez en el colegio.
Y al llegar, entiendes enseguida por qué Cervantes eligió precisamente estas tierras para su novela Don Quijote: paisajes infinitos donde los molinos de viento que aparecen sobre las colinas son el único elemento capaz de romper el horizonte. Cada pequeño pueblo, cada rincón polvoriento, parece transportarte a aquel preciso momento de la historia de España.
Aquella jornada, nacida por casualidad, nos impresionó tanto que al año siguiente regresamos —esta vez con calma y con una semana entera por delante— para lanzarnos de verdad a descubrir esta tierra que, en el fondo, conocíamos muy poco. Y fue entonces cuando La Mancha nos recibió con todas sus sorpresas: si pensáis que todo se reduce a un caballero imaginario y a sus maravillosos molinos para fotografiar, vosotros también os estáis perdiendo la parte más interesante. Descubrimos que detrás de esos paisajes que parecen detenidos en el tiempo hay una tierra cuyas raíces se remontan cuatro mil años antes de Cervantes, entre los primeros pozos excavados por el ser humano en Europa; está una de las denominaciones de queso más famosas del mundo; está el azafrán más apreciado de España, que todavía hoy se recoge a mano; hay viñedos que se extienden hasta donde alcanza la vista y, donde menos te lo esperas, lagos turquesa e incluso flamencos en medio de lo que todos imaginan como la tierra más árida de España.
La Mancha, en definitiva, es una región que se cuenta por sí sola, con solo observarla con un poco más de atención.
Así que a la silla, caballeros: que comience nuestra aventura.
Aquí tenéis algunos consejos prácticos para disfrutar al máximo de La Mancha: cómo llegar, cómo moverse, cómo organizarse y cuándo ir. Son sencillos, pero pueden ayudaros a ahorrar tiempo, evitar kilómetros innecesarios y organizar mejor un viaje por un territorio mucho más extenso de lo que puede parecer al mirar un mapa.
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Cómo llegar a La Mancha
La Mancha es muy extensa y no existe un único punto de acceso ideal. La elección depende sobre todo de la parte del territorio que queráis explorar y de la dirección desde la que lleguéis.
- En avión: el aeropuerto Adolfo Suárez Madrid-Barajas suele ser el punto de llegada más práctico, sobre todo si queréis explorar La Mancha de Toledo y Ciudad Real. Ofrece una amplia variedad de vuelos nacionales e internacionales y permite continuar fácilmente en tren, autobús o coche. Para la parte oriental de la región también pueden resultar interesantes los aeropuertos de la costa mediterránea, especialmente si el viaje continúa hacia Albacete o Cuenca. Para comparar vuelos, aeropuertos y tarifas yo utilizo Google Flights .
- En tren: desde Madrid podéis llegar a varios puntos estratégicos que podéis utilizar como puerta de entrada. Toledo es cómoda si queréis empezar por la parte occidental; Alcázar de San Juan permite entrar directamente en el corazón de La Mancha; Ciudad Real es útil para los itinerarios más meridionales, mientras que Albacete representa un buen acceso a la parte oriental. Desde aquí continuaréis después hacia los pueblos que hayáis elegido para vuestro itinerario. Consultad siempre los horarios y billetes en la web oficial de Renfe . Para comparar rápidamente las diferentes combinaciones ferroviarias yo también utilizo Trainline y TrainPal .
- En autobús: existen conexiones de larga distancia desde Madrid y desde otras ciudades españolas hacia los principales núcleos de Castilla-La Mancha. También en este caso, la solución más práctica es llegar primero a una ciudad bien comunicada, como Toledo, Alcázar de San Juan, Ciudad Real o Albacete, y organizar desde allí los desplazamientos posteriores. Las conexiones hacia los pequeños pueblos las veremos, en cambio, en la sección dedicada a cómo moverse por La Mancha.
- En coche: es la solución más sencilla y, en mi opinión, la que permite aprovechar mejor el viaje. Desde Madrid podéis entrar en La Mancha por el norte, mientras que llegando desde Andalucía o desde la costa mediterránea podéis acceder directamente desde el sur o el este sin pasar por la capital. Si ya tenéis coche, no es necesario, por tanto, elegir una ciudad concreta como punto de llegada: podéis construir el itinerario directamente en función de vuestra primera parada.
Cómo moverse por La Mancha
- Alquilar un coche es la mejor opción y, en mi opinión, casi indispensable si queréis conocer realmente La Mancha. El transporte público permite llegar a varios pueblos, pero resulta mucho más difícil combinar en un mismo día molinos, castillos, viñedos, bodegas y pequeños núcleos repartidos por el territorio. Con el coche también podéis organizar el itinerario por zonas y utilizar carreteras secundarias, que atraviesan algunos de los paisajes más característicos de la región. Aparcar suele ser mucho más sencillo que en las grandes ciudades españolas. En los pueblos encontraréis generalmente lugares donde dejar el coche a poca distancia del centro o de las principales atracciones. Durante fiestas, puentes y fines de semana especialmente concurridos puede ser necesario, sin embargo, dejar el coche más lejos, sobre todo cerca de los molinos de Consuegra y Campo de Criptana. No os limitéis siempre a la carretera más rápida. Una parte importante del viaje es precisamente el paisaje entre una parada y otra: viñedos, cereales, olivares, campos de girasoles y molinos que aparecen en el horizonte. Cuando el tiempo lo permita, algún desvío por las carreteras secundarias merece realmente la pena.
- En autobús: desde Toledo podéis llegar a Consuegra y Madridejos, dos de las principales paradas de La Mancha occidental. Las conexiones están gestionadas por SAMAR y algunos servicios continúan también hacia Camuñas, Villafranca de los Caballeros, Quero y El Toboso. Sin embargo, las frecuencias varían mucho según el día y el destino, por lo que comprobad siempre tanto la ida como la vuelta antes de organizar la jornada. Atención a un detalle que puede arruinaros los planes: en varios servicios de esta línea no es posible viajar específicamente entre Madridejos y Consuegra —el autobús para en ambos pueblos, pero no está permitido subir en uno y bajar en el otro. Si vuestro itinerario contempla conectar precisamente estas dos paradas en autobús, comprobadlo con atención antes de salir, porque corréis el riesgo de tener que volver a Toledo y salir de nuevo desde allí. Desde Alcázar salen, en cambio, autobuses hacia Miguel Esteban y El Toboso. La línea de SAMAR continúa después hacia Quintanar de la Orden y Villanueva de Alcardete. En este caso, sin embargo, las frecuencias son bastante menos adecuadas para el turismo: algunos servicios funcionan únicamente los días laborables y puede haber muy pocas opciones a lo largo del día. Para visitar El Toboso sin coche es necesario, por tanto, planificar cuidadosamente los horarios y no dar por hecho que podréis ir y volver cuando queráis. Podéis consultar los servicios directamente en la web de SAMAR . Los autobuses funcionan mejor si elegís una base y visitáis una sola localidad, mucho menos si queréis hacer un itinerario itinerante. Por ejemplo, desde Toledo podéis llegar a Consuegra o desde Alcázar de San Juan a El Toboso, pero intentar encadenar tres o cuatro pueblos en una misma jornada puede resultar complicado debido a las pocas frecuencias y a unos horarios poco coordinados.
- En tren: puede ser muy útil en algunos ejes, pero no constituye una verdadera red turística de La Mancha. Alcázar de San Juan es el principal nudo ferroviario de la zona y Campo de Criptana cuenta con su propia estación, pero localidades importantes como Consuegra, Madridejos y El Toboso no pueden incluirse en un mismo itinerario confiando simplemente en el ferrocarril. Para comprobar las diferentes combinaciones podéis utilizar Renfe , Trainline o TrainPal .
En resumen, el tren y los autobuses permiten llegar a algunos núcleos de población, pero muchos de los lugares que hacen especial un viaje por aquí —molinos, castillos, viñedos, bodegas, lagunas y pequeños pueblos— están repartidos por el territorio y no siempre están conectados entre sí de una manera práctica. Por tanto, si queréis construir un itinerario de varios días recorriendo diferentes pueblos, el coche ofrece una libertad que actualmente el transporte público no puede garantizar.
Cómo organizar un viaje por La Mancha
Lo más importante, en mi opinión, es no considerar La Mancha como una única gran atracción que hay que atravesar rápidamente. La belleza del viaje también está en los espacios entre un pueblo y otro: viñedos, campos de cereales, humedales, pequeñas elevaciones y ese horizonte casi infinito que caracteriza gran parte de la región. Tened en cuenta, sin embargo, que las distancias en el mapa pueden engañar. Consuegra, Campo de Criptana, El Toboso o Belmonte parecen estar todos relativamente cerca, pero añadiendo desvíos, visitas y paradas fotográficas se acumulan fácilmente bastantes kilómetros. Evitad, por tanto, organizar jornadas con cinco o seis pueblos solo porque el navegador os muestra tiempos de trayecto aparentemente cortos.
- No intentéis ver todos los molinos. Después de haber visitado varios, inevitablemente correríais el riesgo de perder un poco el efecto sorpresa. Es mejor elegir algunos de los conjuntos más significativos. La Ruta oficial de los molinos de viento de Castilla-La Mancha puede ser un buen punto de partida para decidir cuáles incluir en el viaje.
- Reservad al menos un atardecer para los molinos. Durante el día el paisaje puede resultar muy duro y estar completamente expuesto al sol; en las últimas horas de luz, en cambio, la llanura cambia de color y los molinos adquieren un encanto completamente diferente. Si os gusta la fotografía, evitaría por tanto concentrar todas estas visitas entre el mediodía y las primeras horas de la tarde.
- Comprobad siempre los horarios antes de salir. En los pueblos más pequeños, museos, molinos visitables, castillos y oficinas de turismo pueden tener horarios reducidos, largas pausas durante las horas centrales del día o días de cierre diferentes según la temporada. Es uno de esos lugares donde llegar media hora después del cierre puede significar no tener una segunda oportunidad sin modificar todo el itinerario.
- Reservad las bodegas con antelación. La Mancha no es solamente la tierra de Don Quijote: a lo largo de la Ruta del Vino de La Mancha encontraréis bodegas, queserías, degustaciones, viñedos, antiguas cuevas y grandes tinajas. Muchas experiencias tienen, sin embargo, horarios establecidos y, especialmente durante los fines de semana, es recomendable reservar.
- Si os gusta la naturaleza y la fotografía, considerad también la Mancha Húmeda. Es una gran reserva de la biosfera formada por lagunas, tablas y humedales distribuidos por la llanura manchega, especialmente importantes para la avifauna.
- El almuerzo y la cena se sirven más tarde que en Italia. De forma orientativa, el almuerzo comienza a partir de las 13:00-13:30, mientras que para la cena muchas cocinas abren a partir de las 20:00-20:30. En los pueblos pequeños este aspecto es todavía más importante porque, fuera de los horarios tradicionales, las alternativas pueden reducirse considerablemente.
Si preferís contar con un guía o incluir alguna experiencia organizada en el viaje, merece la pena consultar también las actividades disponibles en GetYourGuide y Civitatis . Encontraréis visitas guiadas, excursiones, experiencias relacionadas con los molinos y el enoturismo y pueden ser una buena alternativa, sobre todo para algunas paradas que prefiráis no organizar completamente por vuestra cuenta.
Cuándo ir a La Mancha
- Abril y mayo son una excelente opción para un primer viaje. La Mancha todavía está verde, comienzan las floraciones, los días son largos y las temperaturas suelen ser agradables. Además, en abril El Toboso celebra las Jornadas Cervantinas , mientras que entre finales de abril y principios de mayo Pedro Muñoz acoge los tradicionales Mayos Manchegos.
- Entre junio y agosto el paisaje se transforma en la imagen más clásica de La Mancha, con cereales dorados, campos secos y girasoles. Fotográficamente puede ser preciosa, pero el calor es intenso: en pleno verano organizaría las visitas sobre todo por la mañana y a última hora de la tarde.
- Septiembre es la época de la vendimia y uno de los momentos más interesantes para visitar bodegas y viñedos. Si el vino es uno de los motivos del viaje, merece la pena consultar también la Ruta del Vino de La Mancha .
- Octubre es probablemente el mes más completo: temperaturas agradables, viñedos otoñales, una luz más suave y, hacia finales de mes, la recogida del azafrán. Además, en Consuegra se celebra la Fiesta de la Rosa del Azafrán .
- En invierno encontraréis muy pocos visitantes, pero el clima puede ser frío, ventoso y con fuertes oscilaciones térmicas. Yo también estuve allí en marzo y os aseguro que todavía hacía bastante frío.

Un poco de historia sobre La Mancha
El primer equívoco que conviene aclarar, porque he visto que muchos blogs lo confunden: Castilla-La Mancha y La Mancha son dos cosas distintas. Castilla-La Mancha es la comunidad autónoma oficial, con reconocimiento político y administrativo (5 provincias: Toledo, Ciudad Real, Cuenca, Guadalajara y Albacete). La Mancha, en cambio, es un área histórico-geográfica de límites imprecisos, que ocupa parte de esas provincias —pero no todas.
La Mancha es, de hecho, una inmensa altiplanicie de la Meseta, que se extiende entre Toledo, Ciudad Real, Cuenca y Albacete, donde no podréis evitar recorrer carreteras interminables precisamente en busca de esos molinos de viento de los que todos hemos oído hablar.
La historia de La Mancha comienza, sin embargo, mucho antes de Don Quijote, mucho antes de romanos, musulmanes o castellanos. Hacia el 2200 a. C., en la llanura del Alto Guadiana, se desarrolló lo que los arqueólogos llaman Cultura de las Motillas, o Bronce Manchego. El nombre es moderno, naturalmente: aquellos habitantes no se consideraban “manchegos” tal y como los entendemos hoy.
Los habitantes de la zona comenzaron a construir asentamientos fortificados sobre pequeñas elevaciones artificiales, de entre 4 y 10 metros de altura. La estructura típica incluía un núcleo fortificado central, un pequeño poblado alrededor con murallas concéntricas y una necrópolis en las proximidades. Se trata de los primeros verdaderos asentamientos estables documentados en esta región.
Su función era doble: control militar del territorio y, un aspecto todavía más sorprendente, el acceso a las aguas subterráneas. Las primeras estructuras surgieron hacia el 2200 a. C., pero fue entre el 2000 y el 1800 a. C. cuando la región atravesó una fase de aridez especialmente severa: es en este periodo cuando las comunidades intensificaron la construcción de estos asentamientos, verdaderos centros neurálgicos organizados en “jefaturas” (jefes tribales) para controlar el agua, los cereales y los demás recursos necesarios para la supervivencia. En conjunto, representan uno de los sistemas más antiguos de Europa para alcanzar los acuíferos, con una economía basada en la agricultura y la ganadería.
Se han catalogado alrededor de 32, y el caso más espectacular es la Motilla del Azuer, cerca de Daimiel: en su interior se ha identificado un pozo de al menos 18 metros de profundidad, que alcanzaba el nivel freático —considerado el sistema para obtener agua subterránea más antiguo de la península ibérica y uno de los más antiguos de Europa.
Con la llegada de los romanos, La Mancha quedó integrada en la amplia red imperial: atravesada por importantes vías de comunicación, que conectaban el Mediterráneo con el interior del país, se convirtió en un nodo crucial para el comercio y los desplazamientos militares. Durante mucho tiempo se pensó que la romanización de la zona había sido débil, pero hallazgos como las villas y los mosaicos de Carranque (Toledo) demuestran una presencia más intensa de lo que se creía, especialmente en los centros estratégicos y mineros.
Tras la caída del Imperio romano llegaron los visigodos, que hicieron de Toledo su capital: un momento histórico de enorme importancia, porque por primera vez la llanura de la Meseta —y, por tanto, La Mancha— se convirtió en el centro del poder político de la península ibérica. A pesar de esta centralidad de Toledo, La Mancha debe imaginarse, sin embargo, como un área que siguió siendo principalmente rural, formada por pequeños núcleos y villas, atravesada por vías de comunicación que conectaban el norte de la Meseta con Andalucía y el Mediterráneo.

Fue precisamente esta combinación —un territorio vasto pero con pocos núcleos fortificados— la que facilitó la expansión hacia el norte de las tropas musulmanas llegadas desde África en 711 y la consiguiente caída del reino visigodo: La Mancha pasó así a formar parte de Al-Ándalus, integrada en sus dinámicas políticas, económicas y culturales.
El propio nombre de La Mancha habla de esta tierra: los conquistadores árabes, cuando España coincidía más o menos con el reino de Al-Ándalus, la llamaron Al-Mansha, “tierra sin agua”, o bien, según otra interpretación, Manya, “alta llanura” o “lugar elevado”. Sea cual sea la etimología más correcta, ambas reflejan bien las características de la región: una extensa altiplanicie árida, con escasos recursos hídricos naturales.
Y es un detalle que ya cuenta algo que acompañará toda la historia de La Mancha: el elemento central del territorio —o el elemento ausente, según cómo se quiera considerar— es el agua.
Durante el periodo de Al-Ándalus, La Mancha no era el corazón palpitante del poder islámico —que se concentraba más bien en la actual Andalucía, con capital en Córdoba— sino una región fronteriza estratégicamente vital. No era una tierra de grandes ciudades, sino un territorio de alquerías (aldeas rurales) y pequeños núcleos habitados, a menudo situados cerca de fértiles valles fluviales y manantiales, dedicados a la agricultura.
Su posición estratégica, atravesada por la principal vía que conectaba la capital Córdoba con Toledo (baluarte árabe en el norte de la península), determinó su destino como puesto militar avanzado. Fue precisamente por este papel defensivo por lo que fueron surgiendo progresivamente fortificaciones rurales conocidas como ḥuṣūn (singular ḥiṣn), enclaves defensivos y centros de control del territorio.
Un punto neurálgico era Qalā’t Rabāḥ, la antigua Calatrava la Vieja (hoy Carrión de Calatrava): una auténtica ciudad fortificada a orillas del Guadiana, con medina, alcázar, murallas, unas cuarenta torres, foso, mezquita, baños, hornos, cisterna, barrios extramuros, áreas artesanales, cementerio y sistemas para acceder y controlar el agua del río. Hoy el yacimiento se puede visitar —si os apasiona la historia, aquí encontraréis más información: Castillo de Calatrava la Vieja, Turismo Castilla-La Mancha.
Cuando, en 1147, Alfonso VII logró conquistarla en nombre de los reinos católicos, fue un momento decisivo para la historia de España: la progresiva reducción del reino de Al-Ándalus, que ya había comenzado con la toma de Toledo, iba dejando paso, poco a poco, a la Reconquista cristiana.
Como podéis imaginar, defender estos nuevos e inseguros territorios fronterizos con los reinos árabes no era sencillo: el rey dividió entonces la región en zonas y confió cada territorio a las órdenes militares.
Estas órdenes debían proteger la frontera, custodiar castillos, conquistar territorios y favorecer su repoblación. Recibieron directamente del rey enormes extensiones de tierra, castillos, aldeas, derechos y rentas para defenderlos —y no se limitaban a proporcionar soldados. Muy a menudo estaban formadas por religiosos que combatían a caballo y que, al mismo tiempo, organizaban el territorio a través de las encomiendas: administraban las tierras, recaudaban las rentas, atraían a nuevos colonos y contribuían al nacimiento o al desarrollo de numerosos núcleos de población.
Una de las órdenes a las que se confió una zona de la región —en particular la de Calatrava— fueron los Caballeros Templarios, pero la presión musulmana era tal que, en pocos años, abandonaron la plaza y la devolvieron a la Corona.
Fue entonces cuando ocurrió algo inesperado: ningún noble quiso asumir el riesgo de defenderla, hasta que un humilde abad cisterciense, Raimundo de Fitero, junto con el antiguo soldado convertido en monje Diego Velázquez, se ofreció para la tarea.
El rey Sancho III aceptó, cediéndoles la fortaleza a perpetuidad mediante un documento firmado el 1 de enero de 1158 en Almazán. Nació así la Orden de Calatrava: una orden de monjes-caballeros que en poco tiempo reunió un ejército de más de 20.000 hombres y que acabaría convirtiéndose en la más importante de La Mancha, con una insignia destinada a hacerse célebre —la cruz roja de cuatro brazos terminados en flor de lis.
Además de la Orden de Calatrava —la más importante para La Mancha—, otras órdenes activas en la zona fueron la Orden de Santiago, la de San Juan (Hospitalarios) y la de Alcántara.
La asignación de estos territorios a las distintas órdenes todavía puede reconocerse hoy en los pueblos que heredaron su huella. Esta división explica muchas de las peculiaridades de las localidades manchegas: cada orden administraba sus propios territorios y dejaba en ellos una marca concreta, a menudo todavía visible.
Fue en este periodo cuando núcleos como Almagro, Consuegra y Campo de Criptana empezaron a adquirir la forma de los pueblos que todavía vemos hoy.
Por poner un ejemplo concreto: Campo de Criptana —hoy el pueblo de los molinos más antiguos— era territorio de la Orden de Santiago, que aquí no dejó grandes estructuras militares.
Consuegra y Argamasilla de Alba, en cambio, estaban bajo el control de la Orden de San Juan, que construyó allí poderosos castillos: el más espectacular es precisamente el Castillo de Consuegra, cuyos orígenes se remontan a una fortaleza musulmana del siglo X, cedida a los Caballeros de San Juan en 1183 y ampliada a lo largo de un siglo hasta convertirse en la fortaleza casi inexpugnable que todavía hoy se alza sobre el Cerro Calderico.
La Orden de Calatrava, en cambio, construyó imponentes fortalezas cristianas como Alarcos o Calatrava la Nueva, con un carácter más marcadamente militar.

La Mancha se convirtió así en la tierra de las órdenes militares: estas, con sus castillos y sus encomiendas, se convirtieron en los verdaderos dueños del territorio, gestionando durante siglos la defensa y la economía de la región. Para atraer a nuevos habitantes a territorios todavía despoblados e inseguros, tanto el rey como las propias órdenes —que ejercían un poder señorial sobre sus dominios— concedían fueros: estatutos locales que garantizaban privilegios y exenciones fiscales a quienes aceptaban trasladarse y repoblar estas tierras fronterizas.
La región, aunque estratégicamente importante, siguió siendo en gran parte rural y poco urbanizada: una red de pequeños núcleos, dominada por la presencia de grandes propiedades —órdenes militares y nobleza— que ejercían un poder prácticamente indiscutido sobre territorios inmensos, reforzado también por estos fueros concedidos por la Corona.
El enorme poder de las órdenes militares preocupaba mucho a la Corona: un Gran Maestre al frente de una orden como la de Calatrava o Santiago poseía el maestrazgo —término que indicaba tanto su cargo como el enorme dominio territorial que llevaba asociado— y disponía, por tanto, de dinero, castillos, tierras y hombres suficientes para representar, en caso de conflicto, un poder rival al de la propia Corona. Villa Real (la actual Ciudad Real) fue fundada precisamente como contrapeso a la enorme influencia de la Orden de Calatrava en la zona —una ciudad real, sustraída a la autoridad de la orden.
Sin embargo, no fue hasta la época de los Reyes Católicos, Isabel de Castilla y Fernando de Aragón, cuando la cuestión encontró una solución definitiva. Los Reyes Católicos fueron tomando el control de los maestrazgos uno a uno —a partir de 1489 con Calatrava, después Santiago en 1494 y Alcántara en 1495— haciendo que ellos mismos o sus propios familiares fueran elegidos Maestres, hasta la incorporación oficial de las órdenes militares bajo la autoridad directa de la Corona.
Fue en este contexto cuando La Mancha, ya consolidada como región interior del reino de Castilla y dejando de ser tierra de frontera, fue reorganizada en pequeñas ciudades estructuradas alrededor de un noble fiel a la Corona, con una economía dedicada principalmente a la agricultura y a otras actividades relacionadas.
Pero la aridez de la tierra, las escasas lluvias, un sol que en verano transforma la Meseta en un horno abrasador mientras que en invierno deja paso a heladas que alcanzan los quince grados bajo cero —he estado allí en ambas épocas y os lo puedo confirmar— y un viento constante no facilitaban precisamente una agricultura floreciente.
Por este motivo, con el tiempo, La Mancha se concentró en cultivos capaces de resistir un entorno en el que la falta de agua suponía un problema serio: el azafrán, los cereales de secano (cultivados sin riego), probablemente las legumbres y la ganadería trashumante (ovejas merinas, lana). Tampoco hay que olvidar el aprovechamiento de los recursos forestales que, a diferencia de lo que vemos hoy, estaban mucho más extendidos por la región —en particular bosques de encinas, robles, enebros y sabinas.
El agua, como veis, siempre ha sido un elemento crítico para esta región: hay pocos ríos, las lluvias son inciertas y, por tanto, los molinos de agua —que en otros lugares funcionaban perfectamente— aquí resultaban poco fiables y no permitían aprovechar plenamente los recursos del territorio, empezando por los cereales, que no faltaban, para transformarlos en harina.
Fue precisamente a partir de esta dificultad cuando los habitantes aprendieron a aprovechar aquello que, en cambio, abundaba: el viento, que barre la llanura con una constancia casi obsesiva y que, a diferencia del agua, nunca faltaba. Fue así como, entre los siglos XVI y XIX, los molinos de viento vivieron su verdadera edad de oro: aprovechando el recurso más generoso de esta tierra, los campesinos transformaron las colinas en auténticos parques eólicos.

Y es precisamente en este periodo —más concretamente en 1605, con la publicación de Don Quijote de Cervantes— cuando La Mancha queda asociada para siempre al imaginario colectivo. Cervantes toma un territorio que, a ojos de muchos de sus contemporáneos, podía parecer una vasta provincia rural de paso y lo transforma en uno de los paisajes literarios más famosos del mundo, dominado por los célebres “gigantes”.
Si nunca lo habéis leído y estáis organizando un viaje por La Mancha, ha llegado el momento de acercaros a El Ingenioso Hidalgo Don Quijote de la Mancha. Cuenta la historia de un hidalgo de provincias, Alonso Quijano, que después de leer demasiados libros de caballerías pierde el juicio y decide convertirse él mismo en caballero andante. Se elige un nombre altisonante —Don Quijote—, consigue un caballo esquelético al que bautiza Rocinante, convence a un campesino ignorante pero sabio llamado Sancho Panza para que sea su escudero y parte en busca de aventuras.
El episodio más célebre de toda la novela es aquel en el que se enfrenta a los molinos de viento. Don Quijote y Sancho están atravesando la Meseta cuando, de repente, el caballero exclama: “Mira, amigo Sancho, allí: ¡treinta o poco más enormes gigantes! ¡Con los brazos tan largos que algunos llegan casi a dos leguas!”. Sancho, hombre de buen juicio, intenta disuadirlo: “¡Pero esos, señor, son molinos de viento!”. En vano: Don Quijote espolea a Rocinante y se lanza contra lo que cree que es un gigante. La lanza se clava en el aspa del molino, el viento hace girar la rueda y el caballero sale despedido al suelo junto con su flaco rocín.
De este episodio nació la expresión “luchar contra molinos de viento”, que todavía hoy utilizamos para referirnos a combatir contra enemigos imaginarios o por una causa perdida de antemano.
Pero detrás también está la melancolía de un hombre que busca desesperadamente una identidad y lucha por ideales nobles pero anacrónicos, mientras que su escudero, con su pragmatismo campesino, lo devuelve continuamente a la realidad. Juntos, Don Quijote y Sancho Panza representan dos caras del alma humana: el idealismo que sueña con cambiar el mundo y el realismo que sabe cómo es el mundo. Quizá sea por eso por lo que, después de cuatro siglos, seguimos queriendo a ambos.
Aunque representa un periodo fascinante desde el punto de vista literario, el siglo XVII fue para La Mancha una época de profunda crisis demográfica y económica, marcada por un fuerte descenso de la población. Las causas fueron múltiples: malas cosechas, epidemias y las dificultades de un sistema económico todavía demasiado dependiente de la agricultura, marcado por una distribución desigual de la riqueza.
Precisamente para gestionar un territorio tan vasto y problemático, en 1691 el gobierno decidió separar La Mancha del resto del Reino de Toledo, decretando oficialmente el nacimiento de la Provincia de La Mancha, con capital en Ciudad Real.
El periodo comprendido entre 1700 y 1900 fue, para La Mancha, una época de profundas transformaciones: guerras, reformas administrativas y luchas políticas redibujaron continuamente sus fronteras.
El siglo XIX, en particular, fue un siglo turbulento para toda España. En 1808 la invasión napoleónica sacudió el país, dando inicio a la Guerra de la Independencia española: también en La Mancha se formaron partidas de guerrilleros dispuestas a atacar a las tropas francesas a lo largo de las carreteras que atravesaban la llanura.
Terminada la guerra contra Napoleón, España no encontró la paz: el siglo estuvo marcado por las guerras carlistas, conflictos civiles entre partidarios de la monarquía liberal y defensores del absolutismo tradicional, que ensangrentaron repetidamente el país hasta 1876.
Fue precisamente al comienzo de este periodo turbulento, en 1833, cuando la histórica Provincia de La Mancha fue abolida y dividida entre las nuevas provincias de Ciudad Real, Albacete, Cuenca, Toledo y Jaén —una decisión que fragmentó la unidad administrativa de la región y que todavía hoy alimenta debates sobre sus límites.
Y es precisamente esto lo que explica por qué, a pesar de que La Mancha contemporánea esté hoy fragmentada política y administrativamente en muchas áreas distintas, se perciba igualmente una fuerte identidad cultural que las une en una única y gran comunidad imaginaria.
Un siglo después de las guerras carlistas, España se vio sacudida por un conflicto aún más devastador. Entre 1936 y 1939, la Guerra Civil marcó profundamente La Mancha, al igual que el resto del país. Gran parte del territorio permaneció en la retaguardia republicana, desempeñando un papel estratégico crucial: aquí se formaron y entrenaron numerosas unidades militares, incluidas las Brigadas Internacionales, y la economía de la región se convirtió en un elemento fundamental para el esfuerzo bélico republicano. Las minas de mercurio de Almadén, por ejemplo, eran un objetivo prioritario para las tropas franquistas.
La victoria de Franco dio paso a una durísima represión. Solo en la provincia de Ciudad Real —que hoy resulta ser la provincia española con el mayor número de fusilamientos, alrededor del 6 % de los 50.000 estimados en toda España— se han identificado casi 3.900 víctimas de la represión franquista, de las cuales 2.800 fueron fusiladas.
Tras la muerte de Franco, en 1975, y durante la Transición española, la identidad de La Mancha volvió a hacerse sentir con fuerza. En 1982 nació oficialmente la comunidad autónoma de Castilla-La Mancha. El nombre refleja la particular naturaleza de la nueva región: por una parte, la herencia histórica castellana; por otra, la identidad de La Mancha, que geográficamente ocupa solo una parte de la actual comunidad autónoma. Incluso el guion que une Castilla y La Mancha ha sido interpretado como símbolo del vínculo entre estos dos componentes.
Hoy La Mancha ya no es una entidad administrativa oficial, pero sigue siendo una identidad geográfica y cultural muy fuerte, distribuida entre distintas provincias, con una historia compleja que va mucho más allá de los molinos de Don Quijote.

Qué ver en La Mancha: mis itinerarios
Hoy, recorrer La Mancha significa hacer un viaje por la España de finales de la Edad Media: una cultura rural, sí, pero no por ello menos elegante o fascinante.
A continuación encontraréis algunos itinerarios organizados en función del tiempo que podáis dedicarle. De algunos pueblos os hablaré con más detalle a medida que avancemos, para quienes quieran saber un poco más antes de partir.
Porque, seamos sinceros, si tenéis suficientes días para dedicarle, esta región no os decepcionará. Con el tiempo, La Mancha ha sabido poner en valor su territorio, convirtiéndose en una de las tierras más famosas de España gracias a Don Quijote, en una de las más sabrosas gracias a sus excelencias gastronómicas y vitivinícolas, y en una de las más sorprendentes gracias a una naturaleza que realmente no esperaríais encontrar aquí.
Un día en La Mancha — molinos entre Consuegra y Campo de Criptana
Si disponéis de poco tiempo, porque vuestro viaje se concentra sobre todo en Madrid o Toledo, mi consejo es apostar por la Ruta de Don Quijote y, en particular, por los molinos de viento entre Consuegra y Campo de Criptana.
Sé que me apartaré de muchísimas guías y blogs oficiales, pero yo no iría a Puerto Lápice. Lo he visto señalado por todas partes como una parada imprescindible, pero La Venta de Don Quijote , por la que es famoso el pueblo, me pareció pintoresca, sí, pero también bastante «puesta en escena» —tan artificial que ni siquiera hice una foto. Es más bien una pausa agradable de 45-90 minutos a lo largo de la A-4, quizá mientras os dirigís hacia La Mancha en coche, si habéis aterrizado en Madrid o Toledo.
Yo optaría por Consuegra por la mañana, dedicando tiempo a los molinos y al pequeño castillo —muy bonito y a menudo infravalorado frente a los propios molinos. No siempre está abierto, así que echad un vistazo a la web antes de organizar la visita.
Después me dirigiría hacia Campo de Criptana, para disfrutar de una excelente comida en el Restaurante Abrasador La Alforja de Sancho (comprobad los horarios actualizados antes de salir, porque cambian según la temporada y el día de la semana) —realmente merece una parada.
Campo de Criptana hay que vivirlo hasta el atardecer entre los molinos: es una de las imágenes más evocadoras que os llevaréis a casa de este viaje. ¡Os lo garantizo!
Las distancias no son grandes, pero personalmente no añadiría otros pueblos solo por el gusto de poder decir «lo he visto».
Una alternativa para los amantes de Cervantes
Si, en cambio, sois apasionados de Cervantes, podéis añadir o sustituir uno de los pueblos anteriores por El Toboso —el pueblo de Dulcinea, uno de los poquísimos lugares citados con su nombre exacto en la novela, con una casa museo dedicada a ella— o alargar el recorrido hasta Mota del Cuervo y, a un cuarto de hora de allí, Belmonte, para admirar el espléndido castillo del siglo XV que domina el pueblo. Tened en cuenta, sin embargo, que añadir esta parada alarga bastante la jornada: valoradlo solo si salís temprano y no tenéis prisa por regresar. Es el mismo itinerario que encontraréis desarrollado por completo en el itinerario de fin de semana de la pestaña de al lado.
Fin de semana: dos días entre molinos, Dulcinea y castillos
Dos días es probablemente el tiempo ideal para visitar lo esencial de La Mancha. Al preparar este itinerario, he considerado dos días completos, suponiendo que los vuelos y los traslados estén bien organizados durante las jornadas.
Si disponéis de poco tiempo, porque vuestro viaje se concentra sobre todo en Madrid o Toledo, mi consejo es apostar por la Ruta de Don Quijote y, en particular, por los molinos de viento entre Consuegra y Campo de Criptana.
Sé que me apartaré de muchísimas guías y blogs oficiales, pero yo no iría a Puerto Lápice. Lo he visto señalado por todas partes como una parada imprescindible, pero La Venta de Don Quijote , por la que es famoso el pueblo, me pareció pintoresca, sí, pero también bastante «puesta en escena» —tan artificial que ni siquiera hice una foto. Es más bien una pausa agradable de 45-90 minutos a lo largo de la A-4, quizá mientras os dirigís hacia La Mancha en coche, si habéis aterrizado en Madrid o Toledo.
Yo optaría por Consuegra por la mañana, dedicando tiempo a los molinos y al pequeño castillo —muy bonito y a menudo infravalorado frente a los propios molinos. No siempre está abierto, así que echad un vistazo a la web antes de organizar la visita.
Después me dirigiría hacia Campo de Criptana para disfrutar de una excelente comida en el Restaurante Abrasador La Alforja de Sancho (comprobad los horarios actualizados antes de salir, porque cambian según la temporada y el día de la semana) —realmente merece una parada.
Campo de Criptana hay que vivirlo hasta el atardecer entre los molinos: es una de las imágenes más evocadoras que os llevaréis a casa de este viaje. ¡Os lo garantizo!
Las distancias no son grandes, pero personalmente no añadiría otros pueblos solo por el gusto de poder decir «lo he visto». Si, en cambio, sois apasionados de Cervantes, podéis añadir o sustituir uno de los pueblos anteriores por El Toboso — el pueblo de Dulcinea, uno de los poquísimos lugares citados con su nombre exacto en la novela, con una casa museo dedicada a ella.
Empezamos en El Toboso, el pueblo de Dulcinea: una parada casi obligatoria para quienes aman a Cervantes, con su casa museo dedicada a la amada (imaginaria) de Don Quijote. Continuamos hacia Mota del Cuervo, menos conocida que Consuegra y Criptana pero no por ello menos bonita —si llegáis un sábado y hace viento, en el Molino-Museo del pueblo podríais asistir a una auténtica molienda tradicional, una demostración en directo de cómo los molinos molían realmente el grano. La jornada termina en Belmonte, a un cuarto de hora de allí, donde el espléndido castillo del siglo XV —uno de los mejor conservados de toda España— ofrece probablemente la vista más espectacular de todo el fin de semana.
Una alternativa para el Día 2
Si preferís algo diferente, aquí tenéis una solución alternativa para el Día 2, en la que cambiamos completamente de registro: se empieza en Tomelloso — donde merece la pena dedicar algo de tiempo a la Ruta de los bombos (los típicos refugios de piedra seca del campo manchego, una curiosidad arquitectónica que pocos turistas conocen) o, como hicimos nosotros, a la Ruta de las bodegas con degustación de vino incluida — para después dirigirse al Parque Natural Lagunas de Ruidera , una tarde inmersos en un paisaje que sorprende a cualquiera que tenga en mente la imagen de La Mancha: quince lagos turquesa encajados entre las rocas, agua por todas partes, todo lo contrario de lo que esperaríais después de dos días de llanuras doradas y molinos de viento. Durante el trayecto encontraréis el Castillo de Peñarroya , una fortaleza del siglo XIII que marca la puerta de entrada al parque natural —un precioso recuerdo de una Mancha un poco diferente de las paradas habituales.
Si viajáis en octubre, os aconsejo sustituir parte del programa de esta segunda jornada por alguna actividad relacionada con el azafrán . Si es posible, intentad hacer coincidir el fin de semana con el último fin de semana completo del mes: es cuando Consuegra , ya incluida en el Día 1, acoge la Fiesta de la Rosa del Azafrán —concursos de monda, folclore y la tradicional Molienda de la Paz, una ocasión realmente excepcional. Si no, en Madridejos durante este periodo se concentra igualmente la floración y la recolección, y es una experiencia que merece la pena vivir en primera persona.
Una semana – entre molinos, literatura y la Mancha que no esperas
A continuación encontraréis el itinerario que seguí yo, optimizado con algunos desvíos que me regalaron bellísimas sorpresas. Nuestro viaje duró seis días completos, teniendo en cuenta que decidimos dedicar 1 día a Madrid, donde aterrizamos.
Empezamos con algo que descubrí casi por casualidad, gracias a una señal de carretera: en Villacañas, en el corazón de La Mancha toledana, se encuentra uno de los conjuntos arquitectónicos más curiosos de la región —los silos , auténticas casas excavadas bajo tierra, habitadas hasta mediados del siglo XX por las familias más humildes del pueblo. Hoy son un museo etnográfico y merece la pena dedicarles una hora antes de volver a ponerse en camino.
Por la tarde, rumbo a Campo de Criptana, para visitar los molinos que ya conocéis bien si habéis leído los otros itinerarios y que no pueden faltar absolutamente en ningún viaje por La Mancha.
Y aquí llega la parte más original de la jornada. Si estáis por esta zona un sábado por la noche, y si el tiempo lo permite, dirigíos hacia el Observatorio Astronómico de La Hita . Se encuentra entre La Puebla de Almoradiel y La Villa de Don Fadrique —uno de los cielos más limpios y oscuros de toda España, certificado como Parque Estelar Starlight. No es un museo que se pueda visitar en cualquier momento: las visitas tienen lugar únicamente durante jornadas de divulgación organizadas, casi siempre los fines de semana, así que consultad el calendario y reservad con bastante antelación antes de programar esta parada. Pero si conseguís encontrar el momento adecuado, es una experiencia realmente «espacial».
Existe también un segundo polo de astroturismo en La Mancha, más al este: el área Júcar-Mancha Centro, destino Starlight que comprende Villarrobledo, Minaya, La Roda y Barrax —demasiado lejos para incluirlo en este itinerario, pero una excelente idea si estáis organizando un viaje diferente, más centrado en la zona de Albacete.
Empezamos en El Toboso, el pueblo de Dulcinea — una parada casi obligatoria para quienes aman a Cervantes, con su casa museo dedicada a la amada imaginaria de Don Quijote.
Continuamos hacia Mota del Cuervo, menos conocida que Consuegra y Criptana pero no por ello menos bonita, y después, a un cuarto de hora de allí, Belmonte, donde el espléndido castillo del siglo XV — uno de los mejor conservados de toda España— ofrece probablemente la vista más espectacular de la jornada.
Terminad en San Clemente, una auténtica sorpresa. El corazón del pueblo es la Plaza Mayor renacentista, dominada por el antiguo ayuntamiento del siglo XVI, que hoy alberga un pequeño pero interesante museo de arte gráfico contemporáneo .
Una nota práctica: es una jornada intensa, con cuatro paradas separadas entre sí — salid temprano y valorad aligerar el programa (quizá dejando fuera El Toboso, si no sois fervientes admiradores de Cervantes) si preferís disfrutar de cada lugar con más calma.
Hoy cambiamos completamente de registro con Tomelloso, uno de mis descubrimientos favoritos. Aunque no todos la consideran bellísima, Tomelloso —apodada «la Atenas de La Mancha» por la sorprendente concentración de artistas y escritores que nacieron allí— es el corazón del enoturismo manchego: aquí se encuentra casi el 50 % de toda la superficie de viñedo de España, bajo el control de la DO La Mancha.
Dedicad la mañana a la Ruta de los bombos : un itinerario entre viñedos para descubrir estas curiosas construcciones de piedra seca, sin una sola gota de mortero, construidas desde mediados del siglo XIX como refugio —y a menudo auténtica casa— para pastores y agricultores durante el trabajo en el campo. Todavía se conservan más de noventa, repartidas por el campo alrededor del pueblo: un paisaje que difícilmente esperaríais de la Mancha «de postal» de los molinos.
Por la tarde, una parada en una de las bodegas locales para una degustación es prácticamente obligatoria. Nosotros seguimos la Ruta de las bodegas y no nos decepcionó.
Empezamos con el Parque Natural Lagunas de Ruidera , para pasar una tarde inmersos en un paisaje que sorprende a cualquiera que tenga en mente la imagen clásica de La Mancha: quince lagos turquesa encajados entre las rocas, agua por todas partes, todo lo contrario de lo que esperaríais después de dos días de llanuras doradas y molinos de viento.
Por la mañana os recomiendo un paseo por el sendero que bordea las lagunas más accesibles —hay opciones para todos los ritmos, desde un paseo corto hasta un recorrido más largo para quienes disfrutan caminando. Por la tarde, si viajáis en temporada (junio-septiembre), es el momento perfecto para darse un baño o alquilar un kayak y disfrutar de las lagunas desde el agua, no solo desde la orilla.
Durante el trayecto encontraréis el Castillo de Peñarroya , una fortaleza del siglo XIII que marca la puerta de entrada al parque natural — un precioso recuerdo de una Mancha un poco diferente de las paradas habituales.
Aquí volvemos a la versión literaria de la región, con una visita a Villanueva de los Infantes —uno de los pueblos más bonitos de España, aunque casi desconocido para los turistas italianos. Una curiosidad que por sí sola merece el viaje: según un estudio de la Universidad Complutense de Madrid, podría ser precisamente este el misterioso «lugar de La Mancha» que Cervantes decide no nombrar en la primera línea de la novela. Aquí podréis comer o tomar algo en la Plaza Mayor, en compañía de nuestro caballero favorito.
La jornada termina en Almagro, joya del Siglo de Oro manchego. El corazón de la ciudad es la espectacular Plaza Mayor, reconocible por sus largas galerías acristaladas de color verde; precisamente aquí se encuentra también el célebre Corral de Comedias , un teatro del siglo XVII extraordinariamente bien conservado y que todavía hoy se utiliza para representaciones teatrales.
El último día decidimos dedicarlo a Daimiel, que os lleva idealmente de vuelta al inicio de este relato: aquí, a pocos pasos del pueblo, se encuentra la Motilla del Azuer —el yacimiento prehistórico del que os he hablado en la sección sobre la historia de La Mancha, con su pozo de 18 metros excavado hace cuatro mil años. Si habéis llegado hasta aquí leyendo todo el artículo, ha llegado el momento de verlo con vuestros propios ojos.
Daimiel es también la puerta de acceso a Las Tablas de Daimiel , el único ecosistema de este tipo que queda en toda España: agua dulce y agua salobre que se encuentran en el mismo parque, un refugio para garzas, garcetas y patos de todo tipo —incluso flamencos, si tenéis la suerte de acercaros hasta la cercana Laguna de Navaseca . Atención, sin embargo: el nivel del agua varía muchísimo de un año a otro y de una estación a otra —consultad siempre la web oficial del parque antes de organizar el desvío, porque en caso de sequía las tablas pueden estar casi secas y la visita pierde gran parte de su encanto.
Terminamos la semana en Consuegra, para volver a los molinos de viento, al pequeño castillo , al atardecer sobre el Cerro Calderico — la imagen con la que podríais haber comenzado este viaje y con la que es justo terminarlo.

Dónde dormir en La Mancha
En La Mancha, hasta el lugar donde dormir forma parte del viaje. En una tierra como esta —hecha de casas-cueva, cooperativas vinícolas, castillos medievales y conventos transformados en hoteles— elegir bien dónde pasar la noche significa añadir un capítulo más al descubrimiento de la región. Aquí tenéis dónde dormimos nosotros, noche tras noche, a lo largo del itinerario de una semana.
CAMPO DE CRIPTANA – Dónde dormir en Campo de Criptana
Al principio había visto el Hotel Boutique Casa Treviño, ubicado en una casa señorial de 1905 en pleno corazón de Campo de Criptana, a dos pasos de los molinos —diseño contemporáneo, piscina exterior y una curiosa «cueva-spa» privada excavada en la roca. Es una solución perfecta si visitáis La Mancha en verano. Pero, para una experiencia más auténtica y menos lujosa, optad por una de las muchas casas-cueva de la Sierra de los Molinos, como la Casa Cueva «El Atardecer», como hicimos nosotros —habitaciones excavadas en la roca, temperatura naturalmente fresca y terraza a menudo con vistas a los molinos. Una experiencia realmente inmersiva.
EL PROVENCIO – Dónde dormir cerca de Mota del Cuervo y San Clemente
Hospedería Nuestra Señora del Rosario, en El Provencio: ocupa el edificio de la primera cooperativa vinícola del pueblo, fundada en 1950 y ampliada en 1964 —uno de los pocos ejemplos que quedan en España de este tipo de arquitectura industrial de posguerra. La restauración ha conservado la fachada original de estilo rural, mientras que los interiores han sido completamente renovados. No fue mi alojamiento favorito, pero tengo que decir que todo fue impecable.
TOMELLOSO / LAGUNAS DE RUIDERA – Dónde dormir en Tomelloso (o casi)
Aquí os contamos un imprevisto que terminó convirtiéndose en un descubrimiento. Habríamos querido dormir en Tomelloso, en particular en Casa Rural «El Bombo», que tiene en el jardín precisamente uno de los tradicionales bombos de piedra seca que habréis visto durante la Ruta de los Bombos. Por desgracia, no había disponibilidad. Así que, en lugar de conformarnos con el primer hotel disponible en el pueblo, nos acercamos directamente al destino del día siguiente, las Lagunas de Ruidera. Y fue así como llegamos, casi por casualidad, a Doña Ruidera —un aparthotel a dos pasos del Parque Natural y de la Cascada del Hundimiento, con vistas directas a la Laguna del Rey. Un auténtico golpe de suerte: si os ocurre el mismo imprevisto, no desesperéis, podría acabar siendo la mejor solución.
MANZANARES – Dónde dormir cerca de Villanueva de los Infantes
Terminada la jornada entre las Lagunas de Ruidera, para volver a la atmósfera medieval que habíamos respirado entre Belmonte y Consuegra, nos dirigimos al Castillo de Pilas Bonas, en Manzanares: un castillo del siglo XIII restaurado como hotel, con habitaciones acondicionadas en las antiguas caballerizas y una atmósfera que os transporta atrás en el tiempo sin renunciar al confort.
ALMAGRO – Dónde dormir cerca de Daimiel y Almagro
Al final del viaje decidimos regalarnos una estancia un poco más cara en el Parador de Almagro, instalado en el antiguo Convento de Santa Catalina, fundado a finales del siglo XVI por la familia Ávila y de la Cueva y habitado por frailes franciscanos hasta 1942: uno de los edificios históricos más sugerentes de toda La Mancha, con 14 patios interiores, galerías con tradicionales vigas azules e incluso una antigua bodega con enormes tinajas de barro transformada en cafetería. ¡Merece muchísimo la pena!
Preparar la maleta para La Mancha significa, sobre todo, tener en cuenta una característica de su clima: sol, viento y fuertes oscilaciones térmicas pueden acompañaros durante el mismo viaje. Además, gran parte de las visitas se realizan al aire libre, entre molinos, castillos, viñedos y pequeños pueblos, a menudo con muy poca sombra.
La mejor solución es, por tanto, vestirse por capas. Incluso en primavera y otoño llevaría siempre conmigo una sudadera o un jersey y una chaqueta ligera cortavientos . En las crestas de los molinos de Consuegra, Campo de Criptana o Mota del Cuervo el viento se nota bastante y, en cuanto se pone el sol, la temperatura puede cambiar rápidamente. Si tenéis prevista una noche en el Observatorio Astronómico de La Hita, añadid una capa de abrigo más: permanecer quietos al aire libre por la noche es muy diferente de caminar durante el día.
Para el calzado no necesitáis necesariamente botas técnicas, pero elegid algo cómodo y con una buena suela. Caminaréis por los centros históricos, subiréis a las colinas de los molinos, visitaréis castillos y quizá recorráis algún sendero en las Lagunas de Ruidera o en los humedales de la Mancha Húmeda.
Agua, sombrero y protección solar son fundamentales, sobre todo desde finales de primavera hasta principios de otoño. En los alrededores de los molinos y los castillos la sombra suele ser prácticamente inexistente y durante un road trip no siempre encontraréis un bar justo cuando lo necesitáis. Yo llevaría, por tanto, una botella reutilizable para llenarla cada mañana y una crema solar de alta protección .
Si vuestro itinerario incluye las Lagunas de Ruidera entre junio y septiembre, meted también en la maleta el bañador y una toalla ligera . En temporada podréis bañaros, alquilar un kayak o simplemente deteneros unas horas junto a las lagunas: ocupa muy poco espacio y puede resultar mucho más útil de lo previsto.
Hay además un objeto que en este viaje puede tener realmente sentido: unos pequeños prismáticos . Entre las Tablas de Daimiel, la Laguna de Navaseca y el complejo lagunar de Pedro Muñoz podríais encontrar garzas, patos y, con un poco de suerte, incluso flamencos. Si os gusta observar animales o fotografiar la naturaleza, os harán disfrutar mucho más de estas paradas.
Por último, recordad que este es, ante todo, un viaje por carretera. Utilizaréis constantemente el teléfono como navegador, para hacer fotos, gestionar reservas y consultar horarios, a menudo durante jornadas enteras lejos del hotel. Yo llevaría, por tanto, sin ninguna duda una batería externa . Puede parecer un detalle, pero quedarse con poca batería mientras buscáis una carretera secundaria entre dos pueblos no es precisamente el mejor momento para darse cuenta de que la habéis dejado en casa.
Y, sobre todo, no os dejéis engañar por la idea de una España siempre cálida. En verano La Mancha puede ser abrasadora, pero en invierno hace realmente frío y hasta marzo puede deparar temperaturas muy bajas. En primavera y otoño, consultad las previsiones unos días antes de salir y adaptad las capas en consecuencia.
Visitar La Mancha es mucho más que hacer un viaje. Es entrar en un paisaje que se ha convertido en literatura, caminar por las mismas tierras que inspiraron una de las grandes novelas de todos los tiempos. Es detenerse frente a un molino de viento e imaginar a Don Quijote que, con la lanza en ristre, se lanza contra él convencido de estar enfrentándose a un gigante. Es probar un queso curado y beber una copa de Tempranillo mientras el sol se pone sobre la llanura.
En esta tierra árida y ventosa, que esconde rincones verdes para quien sabe buscarlos, hay algo que me tocó el corazón y me hizo volver a sentirme un poco niña.
Sé que mi pasión por los viajes a veces hace que me impresione fácilmente, pero si tenéis 1 o 2 días libres mientras estáis visitando Madrid o Toledo, no os perdáis esta parada… De vez en cuando es bonito sentirse libres de volver a ser un poco niños… y recordad: La libertad, Sancho, es uno de los más preciosos dones que a los hombres dieron los cielos.
